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Jorge Palom

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La"Biblia" del Management (Peter Drucker)

Extraído del libro de Oliver Sacks "el hombre que confundió a su mujer con un sombrero"
 
 
Gracias a Sandra que me regaló el libro para mi santo, y que me distingue con su cariño, a pesar de mis tonterías de retardado

Aquí está el libro completo en formato pfd

El artista autista

 

—Dibuja esto —dije y le di a José mi reloj de bolsillo.

José tenía unos veintiún años, decían que era un retrasado mental

sin esperanza, y había tenido antes uno de los violentos ataques que

padece. Era delgado, de aspecto frágil.

Su distracción, su inquietud, desaparecieron bruscamente. Cogió el

reloj con mucho cuidado, como si fuese un talismán o una joya, se lo

puso delante y lo miró fijamente con una concentración inmóvil.

—Es un idiota —interrumpió el ayudante—. No le pregunte nada. No

sabe lo que es... no sabe leer la hora. No habla siquiera. Dicen que es

«autista» pero no es más que un idiota.

José se puso pálido, puede que más por el tono del ayudante que por

sus palabras... el ayudante había dicho antes que José no utilizaba

palabras.

—Vamos —dije—. Sé que puedes hacerlo.

José dibujó con una quietud absoluta, concentrándose

completamente en el relojito que tenía delante, bloqueando todo lo

demás. Por primera vez era audaz, no vacilaba, estaba integrado, no

distraído. Dibujó rápida pero minuciosamente, con un trazo limpio, sin

tachaduras.

Yo pido siempre a mis pacientes que, si les es posible, escriban y

dibujen, en parte como índice aproximado de varias aptitudes, pero

también como expresión de «carácter» o «estilo».

José había dibujado el reloj con notable fidelidad, reproduciendo

todos los rasgos (al menos todos los rasgos esenciales, no incluyó «

Westclox, shock resistant, made in USA»), no sólo la «hora» (aunque ésta

fue registrada fielmente como las 11: 31), sino también todos los

minutos y el circulito interior de los segundos y, además, la ruedecilla

estriada y la presilla trapezoidal del reloj que sirve para engancharlo a

una cadena. La presilla estaba sorprendentemente amplificada, pero

todo lo demás guardaba la proporción debida. Y las cifras, ahora que

me fijo en ellas, eran de tamaños distintos, de formas distintas, de

estilos distintos... unas gruesas, otras finas; unas alineadas, otras

intercaladas; unas sencillas y otras más elaboradas, incluso un poco

«góticas». Y la manecilla del minutero, que pasa más bien desapercibida

en el original, había recibido un tratamiento que le otorgaba una

prominencia chocante, como los pequeños indicadores internos de los

relojes estelares o astrolabios.

La expresión general del objeto, su «sentimiento», había sido captada

sorprendentemente, y resultaba aun más sorprendente si, tal como

había dicho el ayudante, José no tenía idea del tiempo. Y por otra parte

había una extraña mezcla de exactitud precisa, casi obsesiva, y de

variaciones y elaboraciones curiosas y, (en mi opinión, chistosas).

Esto me desconcertó, me obsesionó mientras volvía en el coche a

casa. ¿Un «idiota»? ¿Autismo? No. Allí había algo más.

No me llamaron más para ver a José. La primera llamada, un

domingo por la noche, había sido un caso de emergencia. Llevaba

teniendo ataques todo el fin de semana y, por la tarde, yo le había

recetado por teléfono cambios en los anticonvulsivos que tomaba. Una

vez «controlados» los ataques, no hacía falta ya atención neurológica.

Pero a mí aún me asediaban los problemas que planteaba el reloj, y

tenía la sensación de que había allí un misterio sin resolver. Necesitaba

volver a verlo. Así que preparé otra visita y decidí examinar su historial

completo (la otra vez que le había visto sólo me habían dado una ficha

de consulta muy poco informativa).

José entró en la clínica con un aire indiferente (no tenía ni idea, de

por qué le habían llamado, quizás ni le importase) pero se le iluminó la

cara con una sonrisa en cuanto me vio. Desapareció la expresión vacua

e indiferente, la máscara que recordaba yo. Sustituida por una sonrisa

súbita, tímida, como una visión fugaz a través de una puerta.

—He estado pensando en ti, José —dije; quizás no entendiese mis

palabras, pero entendía el tono—. Quiero ver más dibujos.

Y le di mi pluma.

¿Qué podía pedirle que dibujase esta vez? Llevaba conmigo, como

siempre, un ejemplar de Arizona Highways, una revista que tiene unas

magníficas ilustraciones y que me gusta mucho, siempre la llevo con

fines neurológicos, para hacer pruebas a mis pacientes. En la portada

se veía una escena idílica, dos personas cruzando un lago en una

canoa, con un fondo de montañas y el sol poniente. José empezó por el

primer plano, una masa casi negra perfilada contra el agua, lo dibujó

con gran exactitud y empezó a rellenarlo. Pero era evidente que esto era

tarea para el pincel y no para una pluma.

—Ahórrate eso —dije y luego le indiqué—: Sigue con la canoa.

Rápidamente, sin vacilar, José dibujó la canoa y las figuras en

silueta. Las miró, luego apartó la vista, con las formas fijadas en el

pensamiento... y luego, rápidamente, las dibujó ladeando la pluma.

También en este caso, y de modo aun más sorprendente, debido a

que se trataba de una escena completa, me quedé asombrado ante la

rapidez y la minuciosa exactitud de la reproducción, y aun más

teniendo en cuenta que José había mirado la canoa y luego había

apartado la vista de ella, tras haberla captado. Éste era un poderoso

argumento contra la idea del puro calco (el ayudante había dicho

antes: «Es como una Xerox») e indicaba que José había captado la

canoa como una imagen, mostrando una capacidad sorprendente no

sólo de copia sino de percepción. Porque la imagen tenía una calidad

dramática que no existía en el original. Se hallaban presentes todas

las características de lo que Richard Wollheim llama «iconicidad»

(subjetividad, intencionalidad, dramatización). Así pues, por encima y

además de la capacidad de mera reproducción, aunque ésta fuese

sorprendente, parecía tener evidentes capacidades de imaginación y

creatividad. No era una canoa sino su canoa lo que aparecía en el

dibujo.

Pasé a otra página de la revista, a un artículo sobre la pesca de

truchas, una acuarela de un río truchero, con un fondo de rocas y

árboles y en primer plano una trucha arcoiris a punto de cazar una

mosca.

—Dibuja esto —dije, señalando la trucha. La miró atentamente,

pareció sonreír para sí, y luego apartó la vista... y entonces, con

evidente gozo, la sonrisa fue creciendo y creciendo, mientras

dibujaba un pez propio.

Yo sonreía para mí, involuntariamente, mientras él dibujaba, porque

ya, sintiéndose cómodo conmigo, se dejaba ir, y lo que brotaba,

tímidamente, no era simplemente un pez, sino un pez con una especie

de «carácter» propio.

Al original le faltaba carácter, parecía sin vida, bidimensional,

disecado incluso. Sin embargo el pez de José ladeado y equilibrado era

notablemente tridimensional, se parecía mucho más a una trucha real

que el original. Y no sólo le había añadido verosimilitud y animación

sino algo más, algo notablemente expresivo, aunque no propio del todo

de un pez: una boca grande, cavernosa, ballenesca; un morro

ligeramente cocodrilesco; un ojo que resultaba, era patente, claramente

humano, y que tenía un brillo claramente pícaro. Era un pez muy

divertido (no era chocante que José hubiese sonreído), una especie de

pez-persona, un personaje de parvulario, como el hombre de pies de

rana de Alicia.

Ahora tenía ya algo para seguir. El dibujo del reloj me había

sorprendido, había estimulado mi interés, pero no había aportado, por

sí solo, ni ideas ni conclusiones. La canoa había revelado que José

tenía una impresionante memoria visual, y algo más. La trucha

demostraba una imaginación clara y vivaz, sentido del humor y algo

emparentado con las ilustraciones de los cuentos de hadas. No se

trataba, desde luego, de gran arte, era «primitivo», quizás fuese arte

infantil; pero no había duda de que se trataba de un tipo de arte. Y la

imaginación, la alegría, el arte son precisamente lo que uno no espera

encontrar en los idiotas, en los sabios idiotas ni en los autistas. Ésta es

al menos la opinión predominante.

Mi amiga y colega Isabelle Rapin había visto a José años atrás,

cuando lo llevaron con «ataques incurables» a la clínica neurológica

infantil... y ella, con su gran experiencia, consideró, sin una sola duda,

que José era «autista». La doctora Rapin había escrito lo siguiente sobre

el autismo en general:

Un número reducido de niños autistas son sumamente eficientes

descodificando lenguaje escrito y llegan a ser hiperléxicos o a

obsesionarse con los números... La extraordinaria habilidad de algunos

niños autistas para resolver rompecabezas, desmontar juguetes

mecánicos o descifrar textos escritos quizás refleje las consecuencias

de que la atención y el aprendizaje se centren extraordinariamente en

tareas espaciales-visuales no verbales hasta el punto de excluir, o

quizás por ello, la falta de exigencia de habilidades verbales de

aprendizaje. (1982, págs. 146-50)

Lorna Selfe, en su asombroso libro Nadia (1978) hace comentarios

bastante parecidos, refiriéndose concretamente al dibujo. Todas las

exhibiciones y habilidades de autistas o de sabios idiotas se basaban al

parecer, según dedujo la doctora Selfe de la literatura relacionada,

exclusivamente en el cálculo y en la memoria, nunca en algo

imaginativo o personal. Y si los niños autistas sabían dibujar (algo que

se creía sucedía con muy poca frecuencia) sus dibujos eran también

meramente mecánicos. «Islas aisladas de eficiencia» y «habilidades

fragmentarias», así se las denomina en la literatura científica. No se

acepta una personalidad individual, y no digamos ya creadora.

Qué era José, entonces, hube de preguntarme. ¿Qué clase de ser?

¿Qué pasaba dentro de él? ¿Cómo había llegado al estado en que se

hallaba? ¿Y qué estado era aquél... y podría hacerse algo?

La información disponible me ayudó y me desconcertó al mismo

tiempo; la masa de «datos» acumulada desde la primera manifestación

de su extraña enfermedad, su «estado». Tuve a mi disposición una

extensa ficha que contenía las primeras descripciones de su

enfermedad original: una fiebre muy alta a los ocho años, acompañada

de la aparición de ataques incesantes, y luego continuos, y la rápida

aparición de una condición de lesión cerebral o autista. (Había habido

dudas desde el principio respecto a lo que pasaba exactamente. )

Durante el estadio agudo de la enfermedad el fluido espinal había

sido anormal. El criterio unánime era que probablemente hubiese

padecido un tipo de encefalitits. Los ataques eran de varios tipos

distintos: petit mal, grana mal, «acinéticos» y «psicomotores», siendo

estos últimos de un tipo excepcionalmente complejo.

Los ataques psicomotores pueden ir acompañados también de

violencia y pasión súbitas, y de la aparición de estados de conducta

peculiares, incluso entre un ataque y otro (la llamada personalidad

psicomotora). Se relacionan invariablemente con trastornos, o lesiones

en los lóbulos temporales, y en el caso de José numerosos

electroencefalogramas habían demostrado que había un trastorno grave

de lóbulo temporal, tanto en el izquierdo como en el derecho.

Los lóbulos temporales están relacionados también con la capacidad

auditiva y, concretamente, con la percepción y la formación del

lenguaje. La doctora Rapin no sólo había considerado a José «autista»,

sino que se había preguntado si un trastorno del lóbulo temporal no

habría provocado una «agnosia verbal auditiva», una incapacidad para

identificar sonidos verbales que alteraba su capacidad para utilizar o

entender la palabra hablada. Porque lo más sorprendente, aunque

había de interpretarse (y se ofrecieron interpretaciones psiquiátricas y

neurológicas), era la pérdida o regresión del lenguaje, de manera que

José, previamente «normal» (o así lo afirmaban al menos sus padres), se

hizo «mudo», y dejó de hablar a los demás cuando se puso enfermo.

Al parecer había una capacidad que se conservaba... que quizás de

un modo compensatorio estaba potenciada: un vigor y una pasión

insólitos en relación con el dibujo, que se habían hecho evidentes desde

la infancia y que parecían en cierta medida algo hereditario y familiar,

pues a su padre siempre le había gustado dibujar y su hermano mayor

(mucho mayor) era un artista de éxito. Con la aparición de la

enfermedad; con aquellos ataques que parecían incurables (podía tener

veinte o treinta grandes convulsiones al día, e innumerables «ataques

pequeños», caídas, «lagunas» o «estados de ensueño»); con la pérdida del

lenguaje y con su «regresión» intelectual y emotiva general, José se halló

en una situación extraña y trágica. Tuvo que dejar de asistir a la

escuela, aunque durante algún tiempo le pusieron un profesor

particular, y volvió de forma permanente a la familia, como un niño

retrasado «de jornada completa», epiléptico, autista, quizás afásico. Se le

consideró ineducable, incurable y, en términos generales, un caso

perdido. A los nueve años se le marginó de la escuela, de la sociedad, de

casi todo lo que debía ser la «realidad» para un niño normal.

Durante quince años apenas si salió de su casa, en principio debido

a los «ataques incurables», su madre decía que no se atrevía a sacarle

porque tendría veinte o treinta ataques en la calle todos los días.

Probaron a administrarle anticonvulsivos de todo tipo, pero su epilepsia

parecía «incurable»: al menos ésta era la opinión firme que figuraba en

su historial. Tenía hermanos y hermanas mayores, pero era, con mucha

diferencia de edad, el más pequeño, el «bebé grande» de una mujer que

se aproximaba a los cincuenta.

Disponemos de muy poca información sobre estos años intermedios.

Lo cierto es que José desapareció del mundo, quedó «perdido para el

tratamiento complementario», no sólo desde el punto de vista médico

sino desde el punto de vista general, y podría haber seguido perdido

para siempre, encerrado y convulso en su habitación del sótano si no

hubiese «explotado» de forma violenta en fecha muy reciente y le

hubiesen llevado por primera vez al hospital. No carecía completamente

de vida interior allí en el sótano. Mostraba verdadera pasión por las

revistas con muchas imágenes, sobre todo de historia natural, del tipo

National Geographic, y cuando podía, entre ataque y ataque, buscaba

lápices y dibujaba lo que veía.

Estos dibujos quizás fuesen su único vínculo con el mundo exterior,

y especialmente el mundo de los animales y de las plantas, de la

naturaleza, que tanto le entusiasmaba de niño, sobre todo cuando salía

a dibujar con su padre. Esto, y sólo esto, le era permitido conservar, era

el único vínculo que le quedaba con la realidad.

Ésta era pues la historia que recibí, o, más bien, que estructuré a

partir de su ficha o fichas, de unos documentos tan notables por lo que

no contenían como por lo que contenían... La documentación, en fin,

salvo la pequeña «laguna» de quince años, de una asistenta social que

había visitado la casa, se había interesado por él, pero no había podido

hacer nada; y de sus padres, ancianos ya y enfermos, también. Pero

nada de esto habría salido a la luz si no se hubiese producido un

arrebato de violencia súbito, sin precedentes y aterrador (un arrebato

en el que se rompieron objetos) que condujo a José a un hospital del

Estado por primera vez.

No estaba claro ni mucho menos qué había provocado este arrebato,

si había sido un brote de violencia epiléptica (como los que se dan, muy

excepcionalmente, en ataques del lóbulo temporal muy graves), si se

trataba, en los términos simplistas de su ficha de ingreso, simplemente

de «una psicosis», o si constituía una petición de ayuda desesperada,

final, de un alma torturada que estaba muda y no tenía ningún medio

directo de expresar sus problemas, sus necesidades.

Lo que estaba claro era que el ingreso en el hospital y el que se

«controlasen» sus ataques mediante nuevas y potentes drogas por

primera vez, le otorgó cierto espacio y cierta libertad, un «desahogo»,

fisiológico y psicológico a la vez, algo que no había experimentado desde

los ocho años.

Los hospitales, los hospitales del Estado, suelen considerarse

«instituciones totales» en el sentido de Ervin Goffman, orientadas

principalmente a la degradación de los pacientes. No hay duda de que

es así, y en una escala enorme. Pero pueden ser también «asilos» en el

mejor sentido del término, un sentido que quizás Goffman apenas tuvo

en cuenta: lugares que proporcionen refugio al alma atribulada y a la

deriva, que le proporcionen justamente esa mezcla de orden y libertad

que tanto necesita. José había padecido confusión y caos (en parte

epilepsia orgánica, en parte el propio trastorno de su vida) y de

confinamiento y cautiverio también, existencial y epiléptico a la vez. El

hospital le hizo bien, quizás le salvó la vida, en aquel punto de su

existencia, y no hay duda de que él por su parte se daba perfecta

cuenta de ello.

Súbitamente también, tras la cerrazón moral, la intimidad febril de

su casa, pasó a encontrarse con otros, encontró un mundo,

«profesional» e interesado a la vez: distanciado, acrítico, sin criterios

morales, sin acusaciones, pero al mismo tiempo con un sentimiento

real tanto respecto a él como respecto a sus problemas. En este punto,

en consecuencia (llevaba ya en el hospital cuatro semanas), empezó a

tener esperanzas; a sentirse más animado, a recurrir a otros que era

algo que nunca había hecho... al menos desde la aparición del autismo

cuando tenía ocho años.

Pero la esperanza, el recurrir a otros, la interacción, era algo

«prohibido» y también, sin duda, aterradoramente complicado y

«peligroso». José había vivido quince años en un mundo protegido y

cerrado, en lo que Bruno Bettelheim llama en su libro sobre el autismo

la «fortaleza vacía».

Pero para él no estaba, no había estado nunca, vacía del todo;

siempre había sentido aquel amor por la naturaleza, por los animales y

las plantas. Esta parte de él, esta puerta, había permanecido abierta

siempre. Pero ahora surgía la tentación y la presión para «interactuar»,

presión que a menudo era excesiva, que llegaba demasiado pronto. Y

precisamente en ese período José «recayó», volvió de nuevo, como

buscando tranquilidad y seguridad, al aislamiento, a los movimientos

de balanceo, que había manifestado en un principio.

La tercera vez que vi a José no le hice traer a la clínica: subí, sin

avisar, al pabellón de admisión. Estaba allí sentado, balanceándose, en

la aterradora sala de día, la expresión hermética, los ojos cerrados, una

imagen de regresión. Sentí un desasosiego de horror, cuando le vi así,

pues me había imaginado la posibilidad, me había permitido la idea, de

«una recuperación firme y continuada». Hube de ver a José en un

estado regresivo (y habría de verlo una y otra vez) para entender que

para él no habría un simple «despertar», sino un camino cargado de una

atmósfera de peligro, de amenaza doble, aterrador además de

emocionante... porque José había llegado a amar los barrotes de su

cárcel.

En cuanto le llamé se incorporó de un salto y, ávido, ansioso, me

siguió a la sala de arte. Saqué una vez más una buena pluma del

bolsillo, pues parecía sentir aversión por las tizas, que era lo único que

utilizaban en el pabellón.

—Ese pez que dibujaste —lo indiqué con un gesto en el aire, pues no

sabía hasta qué punto podía entender mis palabras— aquel pez, ¿eres

capaz de recordarlo, podrías dibujarlo otra vez?

Él asintió ávidamente y me quitó la pluma de la mano. Hacía tres

semanas que no la veía. ¿Qué dibujaría ahora?

Cerró los ojos un momento (¿conjurando una imagen?) y luego

dibujó. Seguía siendo una trucha, con manchas irisadas, aletas

flequeadas y cola ahorquillada, pero, esta vez, con rasgos egregiamente

humanos, un extraño ollar (¿qué pez tiene ollares?) y un par de

carnosos labios humanos.

Estuve a punto de cogerle la pluma, pero, no, no había

terminado. ¿En qué pensaba? La imagen estaba completa. La

imagen quizás, pero la escena no. Antes el pez existía (como un

icono) aislado: ahora iba a convertirse en parte de un mundo, de

una escena. Rápidamente dibujó un pez pequeño, un compañero,

entrando en el agua, cabrioleando, claramente jugando. Y luego

fue surgiendo la superficie del agua, elevándose en una súbita ola

tumultuosa. Al dibujar la ola se excitó mucho y emitió un grito

extraño, misterioso.

Yo no pude evitar la sensación, quizás un tanto facilona, de que

aquel dibujo era simbólico, el pez pequeño y el pez grande, ¿quizás

él y yo?, pero lo más importante, y lo más emocionante, era la

representación espontánea, el impulso, que no era sugerencia mía,

que partía enteramente de él, de introducir aquel elemento nuevo...

una interacción viva en lo que dibujaba. La interacción había estado

ausente en sus dibujos y en su vida hasta entonces. Ahora, aunque

sólo como un juego, como un símbolo, se le permitía volver. ¿O no?

¿Qué era aquella ola furiosa, vengadora? Lo mejor era volver a

terreno firme, pensé; basta de asociación libre. Había visto

capacidad, pero había visto también, y percibido, peligro. Había que

volver a la Madre Naturaleza, segura, edénica, de antes de la caída.

Vi en la mesa una tarjeta de Navidad, un petirrojo en el tronco de

un árbol, nieve y ramitas peladas alrededor. Indiqué el pájaro y le di

la pluma a José. Dibujó el pájaro magníficamente, y utilizó una

pluma roja para el pecho. Los pies tenían algo de garras asiendo la

corteza (me sorprendió, entonces y más tarde, la necesidad que

tenía de subrayar la capacidad de asir de manos y pies, de

establecer contacto seguro, casi apremiante, obsesivo). Pero (¿qué

sucedía?) la seca ramita invernal, próxima al tronco de árbol, había

crecido en el dibujo, convirtiéndose en un brote abierto florido.

Había otras cosas que quizás fuesen simbólicas, aunque no podía

estar seguro. Pero la transformación destacada y emocionante y

más significativa era ésta: que José había transformado el invierno

en primavera.

Ahora, por fin, empezaba a hablar. (Aunque «hablar» es un término

demasiado fuerte para las emisiones extrañas, titubeantes,

ininteligibles que brotaban, sorprendiéndole a él en ocasiones tanto

como a nosotros.) Porque todos nosotros, José incluido, le habíamos

considerado total e incorregiblemente mudo, por incapacidad, por

indisposición o por ambas cosas (había la actitud, además del hecho, de

no hablar). Y también aquí nos resultaba imposible determinar cuánto

era «orgánico» y cuánto era cuestión de «motivación». Habíamos

reducido, aunque no eliminado, sus trastornos del lóbulo temporal...

sus electroencefalogramas no eran nunca normales; mostraban aún en

esos lóbulos una especie de murmullos eléctricos de baja intensidad,

espigas ocasionales, disritmia, ondas lentas. Pero constituían una

inmensa mejora comparados con lo que eran en el momento de su

ingreso en la institución. José podía eliminar la convulsividad, pero no

podía reparar la lesión que la había sostenido.

No cabía duda de que habíamos conseguido mejorar sus potenciales

fisiológicos del habla, aunque había una deficiencia en su capacidad de

utilizar, comprender e identificar el lenguaje, con la que,

indudablemente, habría de enfrentarse siempre. Pero, y tenía una

importancia similar, ahora luchaba por recuperar su entendimiento y

su lenguaje (instado por todos nosotros y guiado en particular por el

terapeuta del lenguaje), mientras que hasta entonces había aceptado la

situación, desesperada o masoquísticamente, y se había negado casi en

redondo a la comunicación con los demás, verbal y de cualquier otro

tipo. El deterioro del lenguaje y la negativa a hablar se habían unido

previamente en la malignidad doble de la enfermedad; ahora, la

recuperación del lenguaje y las tentativas de hablar se unían felizmente

en la doble benignidad de empezar a curarse. Era evidente, hasta para

los más optimistas, que José no llegaría a hablar nunca de un modo

normal, que el lenguaje jamás podría ser para él un auténtico vehículo

de autoexpresión, que sólo podría servir para expresar sus necesidades

más elementales. Y también él parecía creer esto y, aunque siguiese

luchando por recuperar la palabra, se volcaba más rabiosamente en el

dibujo como forma de autoexpresión.

Un último episodio. José había sido trasladado del pabellón de

ingreso de frenéticos a un pabellón especial más tranquilo y sosegado,

más hogareño, menos carcelario que el resto del hospital: un pabellón

que contaba con una calidad y un número excepcional de especialistas

y de personal, concebido especialmente, como diría Bettelheim, como

«un hogar para el corazón», para pacientes con autismo que parecen

requerir un tipo de atención amorosa y esmerada que pocos hospitales

pueden proporcionar. Cuando subí a este nuevo pabellón, José me hizo

un gesto vivo con la mano en cuanto me vio, un gesto expansivo,

franco. Jamás lo hubiese imaginado capaz de un gesto como aquél.

Indicó la puerta cerrada, quería que la abriesen, quería salir.

Me condujo él mismo escaleras abajo, afuera, al jardín cubierto de

hierba, bañado por el sol. Según pude saber no había salido,

voluntariamente, desde los ocho años, desde el principio mismo de su

enfermedad y su retiro. Ni siquiera tuve que ofrecerle una pluma...

cogió una él mismo. Paseamos por el jardín, José miraba de cuando en

cuando el cielo y los árboles, pero sobre todo miraba el suelo, a sus

pies, la alfombra malva y amarilla de trébol y diente de león sobre la

que caminaba. Tenía buena vista para los colores y las formas de las

plantas, localizó enseguida y cogió un extraño trébol blanco y localizó

también uno aun más raro de cuatro hojas. Diferenció nada menos que

siete tipos distintos de hierba y pareció identificar, saludar, a cada uno

de ellos como a un amigo. Le entusiasmaban sobre todo los grandes

dientes de león amarillos, abiertos, todas las florecillas expuestas al sol.

Aquélla era su planta... así lo sentía, y para demostrar su sentimiento

la dibujaría. La necesidad de dibujar, de rendir homenaje gráfico, era

inmediata y vigorosa: se arrodilló, colocó el cuaderno en el suelo, y,

cogiendo el diente de león, lo dibujó.

Creo que era el primer dibujo del natural que José hacía desde que

su padre lo llevaba de niño a dibujar al campo, antes de que cayese

enfermo. Es un dibujo espléndido, fiel, lleno de vida. Muestra su amor a

la realidad, a otra forma de vida. Es, en mi opinión, bastante similar, y

no inferior, a las magníficas y vividas flores que se ven en los herbarios

y botánicas medievales, esmerada, botánicamente exacta, aunque José

no tenga ningún conocimiento formal de botánica, y no pueda

enseñársele o entenderlo si se intentase. Su inteligencia no está

estructurada para lo abstracto, lo conceptual. Eso no es para él

asequible como vía hacia la verdad. Pero José tiene una pasión y una

capacidad real para lo particular, le encanta, entra en ello, lo recrea. Y

lo particular, si uno es suficientemente particular, es también una vía

(podríamos decir que es la vía de la naturaleza) hacia la realidad y la

verdad.

Lo abstracto, lo categórico, no tiene el menor interés para el autista,

para el que lo concreto, lo particular, lo singular, lo es todo. No hay la

menor duda de que es así, sea por una cuestión de capacidad o de

disposición. El autista, que carece del sentido de lo general, o de

disposición para apreciarlo, parece estructurar su visión del mundo

exclusivamente a base de detalles particulares. Viven así no en un

universo sino en lo que William James llamaba un «multiverso» de

detalles innumerables, precisos y apasionadamente intensos. Se trata

de una mentalidad situada en el extremo opuesto de la generalizadora,

la científica, pero que es a pesar de ello «real», igualmente real, de un

modo completamente distinto. Esta mentalidad la imaginó Borges en su

relato «Funes el memorioso» (lo mismo que Luria en su Mnemotécnico):

[Ireneo], no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales,

platónicas... En el vertiginoso mundo de Funes, había sólo detalles,

casi inmediatos en su presencia... Nadie... ha sentido el calor y la

presión de una realidad tan infatigable corno la que día y noche

convergía sobre el infeliz Ireneo.

A José le sucedía exactamente lo mismo que al Ireneo de Borges.

Pero no es inevitablemente una circunstancia desdichada: en los

detalles particulares puede haber una satisfacción profunda, sobre todo

si brillan, como podían brillar para José, con un resplandor

emblemático.

Yo creo que José, un autista, un retrasado además, tiene un don tal

para lo concreto, para la forma, que es, a su manera, un naturalista y

un artista nato. Capta el mundo como formas (formas sentidas de un

modo directo e intenso) y las reproduce. Posee unas magníficas

capacidades reproductivas, pero posee también capacidades figurativas.

Es capaz de dibujar una flor o un pez con una fidelidad sorprendente,

pero puede también dibujar uno que sea una personificación, un

emblema, un sueño, o una broma. ¡Y se considera al autista falto de

imaginación, de alegría, de arte!

En realidad no se admite que existan criaturas como José. No se

admite que existan artistas infantiles autistas como «Nadia». ¿Son tan

excepcionales realmente, o se los margina? Nigel Dennis, en un

brillante ensayo sobre Nadia que apareció en la New York Review of

Books (4 de mayo de 1978), se pregunta cuántas «Nadias» del mundo

son menospreciadas o marginadas, sus notables trabajos desechados y

destinados a la papelera, o simplemente, como en el caso de José,

tratados sin consideración alguna, como un don extraño, aislado,

insignificante, sin ningún interés. Pero el artista autista o (seamos

menos arrogantes) la imaginación autista, no es algo excepcional ni

mucho menos. He visto docenas de ejemplos de ella y sin hacer ningún

esfuerzo especial por buscarlos.

Los autistas, por su carácter, raras veces están abiertos a

influencias. Su «destino» es estar aislados, y en consecuencia ser

originales. Su «visión», si puede vislumbrarse, procede de dentro y

parece aborigen. A mí me parecen, a medida que veo más ejemplos, una

especie extraña en nuestro medio, rara, original, dirigida totalmente

hacia dentro, distinta a todas las demás.

El autismo se consideró en tiempos como una esquizofrenia de

infancia, pero es más bien lo contrario fenómenológicamente. El

esquizofrénico está siempre aquejado de «influencia» del exterior: es

pasivo, se juega con él, no puede ser él mismo. El autista se quejaría (si

se quejase) de ausencia de influencia, de aislamiento absoluto.

«Ningún hombre es una isla, completa en sí misma», escribió Donne.

Pero esto es precisamente lo que es el autismo: una isla, separada del

continente. En el autismo «clásico», que se hace manifiesto, y es a

menudo total, en el tercer año de vida, la separación es tan prematura

que puede no haber ningún recuerdo del continente. En el autismo

«secundario», como el de José, debido a lesión cerebral en una etapa

más tardía de la vida, hay algún recuerdo, puede que cierta nostalgia,

del continente. Quizás esto explique por qué José era más accesible que

la mayoría, y por qué podía, dibujando al menos, mostrar que se

producía interacción.

¿El ser una isla, el estar separado, es inevitablemente una muerte?

Puede ser una muerte, pero no inevitablemente. Porque aunque se

hayan perdido las conexiones «horizontales» con los demás, con la

sociedad y la cultura, puede haber aún conexiones «verticales»

intensificadas y vitales, conexiones directas con la naturaleza, con la

realidad, sin influencias, sin intermediarios, inasequibles para

cualquier otro. Este contacto «vertical» es muy notable en el caso de

José, debido a la penetrante franqueza, la claridad absoluta de sus

percepciones y dibujos, sin la menor huella o matiz de ambigüedad o

desviación, un vigor pétreo, sin influencia ajena.

Esto nos lleva a nuestra cuestión final: ¿hay algún «lugar» en el

mundo para un hombre que es como una isla, que no puede ser

aculturado, al que no se le puede hacer formar parte del continente?

¿Puede «el continente» adaptarse a lo singular, hacerle un sitio? Hay

similitudes aquí con las reacciones sociales y culturales ante el genio.

(No quiero sugerir con esto, claro, que todos los autistas posean un

talento genial, sólo que comparten con el genio el problema de la

singularidad. ) Concretando más: ¿qué le reserva el futuro a José? ¿Hay

algún «lugar» para él en el mundo que emplee su autonomía, pero la

deje intacta?

¿Podría, con su excelente vista y su gran amor a las plantas, hacer

ilustraciones para obras botánicas o herbarios? ¿Podría ser ilustrador

de textos de anatomía o de zoología? (Véase el dibujo que me hizo

cuando le enseñé una ilustración de un manual del tejido en capas

llamado «epitelio ciliado». ) ¿Podría participar en expediciones científicas

y hacer dibujos (pinta y hace maquetas con la misma facilidad) de

especies raras? Su concentración pura sobre el objeto que tiene delante

sería ideal en estas circunstancias.

O, dando un salto extraño pero no absurdo, ¿podría, con sus

peculiaridades, su idiosincrasia, hacer dibujos para cuentos de hadas,

cuentos para párvulos, cuentos bíblicos, mitos? O (dado que no sabe

leer y para él las letras son sólo formas puras y bellas) ¿no podría

ilustrar, y adornar, las soberbias mayúsculas de misales y breviarios

manuscritos? Ha hecho bellos retablos para iglesias, en mosaico y en

madera coloreada. Ha tallado letras exquisitas en lápidas. Su «trabajo»

actual es escribir con letras de imprenta letreros diversos para el

pabellón, que hace con los adornos y fiorituras de una Carta Magna

moderna. Todo esto puede hacerlo, y hacerlo muy bien. Y sería útil y

placentero para los demás, y placentero también para él. Podría hacer

todas estas cosas, pero, por desgracia, no hará ninguna, salvo que

alguien muy comprensivo, y con oportunidades y medios, pueda guiarlo

y emplearlo. Porque, tal como están las cosas, probablemente no haga

nada, y lleve una vida inútil y estéril, como la que llevan tantos otros

autistas en pabellones retirados de un hospital del Estado, donde ni les

hacen caso ni los tienen en cuenta.

Postdata

Después de publicar esta pieza, volví a recibir muchas separatas y

cartas, siendo las más interesantes, las de la doctora C. C. Park. Está

muy claro (como sospechaba Nigel Dennis) que aunque «Nadia» quizás

haya sido un caso único (una especie de Picasso) no son algo

excepcional las dotes artísticas de un nivel bastante elevado entre los

autistas. Es casi inútil hacer pruebas de capacidad artística, tipo la

prueba de inteligencia «dibuja-un-hombre» de Goodenough: tiene que

surgir, como en el caso de «Nadia», de José y de la «Ella» de los Park,

una producción espontánea de dibujos sorprendentes.

La doctora Park, en un interesante comentario ricamente ilustrado de

«Nadia» (1978) expone, basándose en su experiencia con su propia hija,

y también en un repaso de la literatura mundial sobre el tema, lo que

parecen ser las características cardinales de estos dibujos. Se incluyen

características «negativas», como la influencia y el estereotipo, y,

«positivas», como una capacidad excepcional para la plasmación

aplazada y para plasmar el objeto como percibido (no como concebido):

de ahí esa especie de inspirada ingenuidad que se hace tan patente.

También indica la doctora Park una relativa indiferencia en lo referente

a mostrar reacciones de otros, que podría parecer que plasman estos

niños no educables. Y sin embargo es evidente que no tiene por qué ser

así de modo necesario. Estos niños no son necesariamente

impermeables a la enseñanza o a la atención, aunque éstas puedan

tener que ser de un tipo muy especial.

La doctora Park, además de experimentar con su propia hija, que es

ya una artista adulta consumada, cita también las experiencias

fascinantes e insuficientemente conocidas de los japoneses, sobre todo

de Morishima y Motzugi, que han logrado éxitos notables en la tarea de

convertir a autistas con un talento infantil no educado (y en apariencia

impermeable a la educación) en artistas adultos de un buen nivel

profesional. Morishima se inclina por técnicas especiales de instrucción

(«un cultivo del talento sumamente estructurado»), un tipo de

aprendizaje que se atiene a la tradición cultural japonesa clásica, y al

fomento del dibujo como medio de comunicación. Pero este aprendizaje

formal, aunque sea decisivo, no es suficiente. Hace falta una relación

más íntima e intensa. Las palabras con que la doctora Park pone fin a

su comentario pueden poner fin también muy adecuadamente a «El

mundo de los simples»:

El secreto puede hallarse en cualquier parte, en la dedicación que llevó

a Motzugi a vivir con otro artista retardado en su casa, y a escribir: «El

secreto para poder desarrollar el talento de Yanamura fue compartir su

espíritu. El maestro debería amar a la bella y sincera persona

retardada y convivir con un mundo purificado y retardado».

 

Oliver Sacks

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Jorge Palom
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