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Jorge Palom

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Diario de un asceta lujurioso
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dormido en la luz

Sé que estoy enloqueciendo

Sé que estoy enloqueciendo, porque ya no tengo hambre ni sed, y tú me sacias. Ya no siento dolor, y tú me alivias.
 
Sé que estoy enloqueciendo, y por eso tú hueles a brisa del mar y yo me voy con el viento. Tu me haces esperar en la desesperanza y yo soy, como el áve fénix que renace de sus cenizas, vida que se alimenta del fuego.
 
Sé que estoy enloqueciendo, pues al retroceder avancé; al alejarme te acerqué; al ocultar encontré; al cantar escuché; al recordar olvidé; al dormir resucité; al despertar te soñé.
 
Sé que estoy enloqueciendo, y por ello la contradicción es mi congruencia,  mi razón mis absurdos, mi placer mi dolor.
 
Sé que estoy enloqueciendo, y por eso, sin porqués, sin cómos, sin deberes ni razones, sin mensajes ni correspondencias, sin contextos ni textos, sin méritos ni merecimientos, sin tiempos, sin momentos, más allá de la pasión, del deseo y del sexo, te amo.

Próximamente (en preparación)

Balada para un loco
Jorge Palom Balada para un loco
Videoclip musical ambientado en el pub mediterráneo y en el pipiolo

Reflexiones trasnochadas
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despierto en la oscuridad

La Balada del Viejo Bar

 

  

Todos los días de cierran bares en mi ciudad, no sólo los de música en directo, sino también los tradicionales bares de esquina que tanto nos gustan a mi  primo Joaquín y a mi.

 

Es muy triste ver cómo en su lugar se abren otros nuevos, generalmente horrendos, “post-modernos”. Pero es más triste y más doloroso cuando le cierran a uno el último bar, el de la última cita del destino.

 

No era un local bonito ni acogedor, ni tenía un servicio esmerado, pero estaba en una calle que aún recordaba los amores de Nelson y de Lady Hamilton. Allí conocí a mi Vivien Leight particular,la de “El Puente de Waterloo”, la de “Un tranvía llamado deseo”. El  viejo bar estaba frente al primer rascacielos que tuvimos en Barcelona, con un cine elegante, pequeño ,casi circular, que se llamó Atlanta, nombre del Sur, de “Lo que el viento se llevó ”, con Vivien Leight, otra vez, cuando ella era Scarlett O´Hara.

 

La conocí una tarde de Junio, sentada en un alto taburete, casi a la entrada. Sonreía, dichosa . Sonreía al aire, a la luz de mi ciudad, sólo porque era joven, sólo porque era hermosa. Me dijo que se llamaba María del Mar: sentí su nombre dentro de mí, como una ola feliz, en una playa rubia y deseada.

 

Siempre que volvía al viejo bar el camarero de entonces me preguntaba: “¿Un Jack Daniels sin  hielo?”. “Si”. Siempre como el primer día.

 

En la despedida brindé por ella, sólo con lo ojos: contemplaba, por última vez, el espacio, el aire que había ocupado su joven belleza. Era Diciembre, pero aún sentía su natural y reflexiva alegría, la misma de aquella tarde de Junio, de Mar -casi verano-de encuentro inesperado, que no ha terminado todavía.

 

Como en las baladas antiguas, lo mismo que en el final de los cafés tristes, la melodía aún sigue en el aire cuando la danza cesa y se cierran las puertas.

 

Jorge Palom
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