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Jorge Palom

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LA DEVOCIÓN DE UN AMIGO
 
            Cierta mañana, el viejo Rata de Agua asomó la ca­beza por el agujero de su cueva. Tenía ojos que brilla­ban como cuentas, rígidas barbas grises, y su cola pare­cía un trozo de tubo de caucho. Los patitos estaban nadando en la charca, semejando una bandada de ca­narios amarillos, y su madre, con su plumaje del más puro blanco, rojo vivo las patas, les estaba enseñando cómo mantenerse en el agua cabeza abajo.
            —No serán nunca aceptados por la alta sociedad a menos que sepan mantenerse cabeza abajo —les repe­tía mamá Pata; y de vez en cuando demostraba cómo hacerlo. Pero los patitos no le prestaban atención algu­na. Eran tan jovencitos que desconocían las ventajas que reporta actuar en cualquier clase de vida social.
            —¡Qué chicos tan desobedientes! —exclamó el viejo Rata de Agua—. ¡Merecerían que se les ahogara!
            —¡Nada de eso! -respondió la Pata—. Todo requiere un comienzo, y nunca podrá ser suficiente la paciencia de los padres.
            —-¡Ah! Desconozco en absoluto los sentimientos pa­ternales —-dijo Rata de Agua—. No soy hombre de ho­gar. La verdad es que nunca me casé, ni idea tengo de hacerlo. El Amor, a su manera, tiene su lado bueno. Pero la amistad vale más. Sin lugar a dudas, nada existe en el mundo que sea más noble o tan poco común como una amistad fiel.
            —-¿Y cuál es, si se puede saber, tu idea sobre los deberes de un amigo fiel? -preguntó un jilguero verde que estaba posado en un sauce, y que oyó la conversa­ción.
            —-Sí, eso es exactamente lo que yo quisiera saber —-dijo la Pata; y se alejó nadando hacia un extremo de la charca, adonde se mantuvo cabeza abajo, a fin de dar a sus hijos un buen ejemplo.
            —¡Qué pregunta tan tonta! —exclamó Rata de Agua—. Naturalmente, un amigo fiel debe estar siem­pre a mi disposición.
            —¿Y qué harías tú para corresponder a esa amistad? —preguntó el pajarillo, mientras batía sus pequeñas alas balanceándose en una ramita plateada.
            —No entiendo la pregunta —respondió Rata de Agua.
            —Permíteme que te cuente un cuento sobre este tema —dijo el Jilguero.
            —Y ese cuento, ¿se refiere a mí? —interrogó Rata de Agua—. Si es así, lo escucharé, porque soy muy afi­cionado a los cuentos.
            —Puede ser aplicado a ti —respondió el Jilguero. Y echando a volar, descendió en la orilla de la charca, empezando a relatar el cuento del Amigo Fiel.
            —Había una vez —dijo el Jilguero- un honrado hombrecillo que se llamaba Hans.
            —¿Era muy distinguido? —preguntó Rata de Agua.
            —No —respondió el Jilguero—, no creo que fuera distinguido en modo alguno, excepto por su corazón bondadoso, y por su cara redonda, que al mismo tiempo era cómica y amable. Vivía solo en una pequeña casita, y todos los días trabajaba en su jardín. No había en toda la comarca un jardín tan precioso como el suyo. Crecían en él claveles, alhelíes, capselas, saxífragas, así como rosas de Damasco y rosas amarillas, azafranes lila y oro, violetas púrpura y violetas blancas. Y según los meses, y por su orden, florecían agavanzos y carda­ minas, mejoranas y albahacas silvestres, velloritas e íris de Alemania, asfodelos y claveros. Y así que pasaban los meses, en la época adecuada, una flor sucedía a la otra de modo que el jardín lucía siempre bonito y lle­naba el aire de perfumes.
            El pequeño Hans tenía muchísimos amigos, pero el más devoto de todos era el corpulento Hugo el Molinero. Tanta devoción demostraba el rico Molinero al peque­ño Hans, que nunca pasaba cerca de su jardín sin incli­narse sobre el cerco para ir arrancando flores hasta formar un gran ramo, o llevarse una buena cantidad de hierbas aromáticas, o llenarse los bolsillos con ciruelas o frutillas, según la estación.
            —Los verdaderos amigos deben compartirlo todo —solía decir el Molinero, y el pequeño Hans asentía, sonriente, sintiéndose muy orgulloso de tener un amigo con ideas tan nobles.
            La verdad era que, a veces, los vecinos pensaban que resultaba un tanto extraño que el opulento Moli­nero no retribuyera con algo al pequeño Hans, ya que tenía cien bolsas de harina almacenadas, y seis vacas lecheras, y una gran. majada de ovejas, pero Hans nunca se preocupaba por cosas como éstas, y nada le causaba mayor placer que oír las maravillas que el Mo­linero solía decir sobre las ventajas de una verdadera y desinteresada amistad.
            Y así, el pequeño Hans trabajaba sin descanso en su jardín. Durante la primavera, el verano y el otoño era muy feliz, pero cuando llegaba el invierno. y no tenía flores ni frutas para llevar al mercado, sufría mucho de frío y de hambre, y a menudo tenía que irse a la cama sin otra cena que unas cuantas frutas secas o algunas duras nueces. En el invierno también se sentía muy solo, pues el Molinero no iba nunca a visitarlo.
            —De nada sirve que vaya a visitar al pequeño Hans mientras duren las nevadas —solía decir el Molinero a su mujer—, pues cuando alguien está en dificultades debe dejársele solo y no molestarlo con visitas. Esta es por lo menos la idea que yo tengo sobre la amistad, y estoy seguro de estar en lo cierto. De modo que esperaré hasta que llegue la primavera y entonces le haré una visita, y él me podrá dar una gran canasta de primave­ras, y eso lo hará muy feliz.
            —Eres realmente muy considerado —respondió la mujer, sentada en su confortable hamaca cerca del ho­gar. donde ardía un buen fuego de leños de pino—; verdaderamente considerado. Es un placer oírte hablar sobre la amistad. Estoy segura de que el párroco no po­dría decir cosas tan hermosas como las que tú dices, aunque viva en una casa de tres pisos y use un anillo de oro en su meñique.
            —-Pero no podríamos invitar al pequeño Hans a que venga aquí? —preguntó el hijo menor del Molinero—. Si el pobre Hans está en apuros, le daré la mitad de mi sopa y le enseñaré mis conejos.
            —¡Pero qué muchacho más tonto eres! —exclamó el Molinero—. No sé para qué sirve mandarte a la escuela. Parece que nada aprendes. ¿No te das cuenta que si el pequeño Hans viniera aquí, y viera nuestro buen fuego, y nuestra buena cena. y nuestro casco de vino tinto, po­dría envidiarnos, y la envidia es algo horrible que echa a perder los mejores caracteres? Yo no permitiré de ningún modo que Hans se eche a perder. Soy su mejor amigo. y velare siempre por él, y veré de que no caiga en ninguna tentación. Además, si Hans viniera, podría pedirme que le fiara un poco de harina, y yo no podría acceder a su pedido. La harina es una cosa. y la amistad otra, y no deben ser confundidas. Las dos palabras se escriben de distinto modo, ,y significan cosas distintas. Eso lo sabe todo el mundo.
            —¡Qué bien hablas! —dijo la mujer del Molinero, sirviéndose un gran vaso de cerveza caliente—. Me siento realmente amodorrada. Es exactamente lo mismo que estar en la Iglesia.
            —Muchísima gente obra bien —dijo el Molinero—, pero pocos son los que hablan bien, lo cual demuestra que hablar es más difícil y mucho más refinado—. Y le echó a su hijo una mirada tan severa, que el niño agachó la cabeza, avergonzado, se puso completamente rojo, y se echó a llorar sobre su taza de té. Pero era tan joven que bien se le puede disculpar.
            —¿Es ése el final del cuento? —preguntó Rata de Agua.
            —Nada de eso —respondió el Jilguero—, es el co­mienzo.
            —Entonces, vives muy atrasado —dijo Rata de Agua—. En esta época, todo buen cuentista debe em­pezar su cuento por el final, luego continuar con el comienzo, y terminar por la mitad. Éste es el nuevo método, según lo escuché el otro día de labios de un crítico que paseaba con un joven cerca del estanque. Largo rato se estuvo explayando sobre el particular, y estoy seguro que tenía razón porque era pelado, y usaba anteojos azules, y cada vez que el joven hacía una ob­servación, respondía, "¡Bah!" Pero te ruego que conti­núes con tu cuento. Ese molinero me gusta muchísimo. Yo también estoy lleno de sentimientos bellos, de modo que existe entre él y yo una gran corriente de simpatía.
            —-Bien —dijo el Jilguero saltando primero sobre una patita y luego sobre la otra—. Tan pronto como termi­nó el invierno, y las primaveras comenzaron a abrir sus estrellas amarillo pálido, el Molinero le dijo a su mu­jer que iría a visitar al pequeño Hans.
            —¡Pero qué buen corazón tienes! —exclamó su mu­jer—. Estás siempre pensando en los demás. Y no te ol­vides de llevar la canasta grande para las flores.
            Entonces el Molinero aseguró las aspas del molino con una gruesa cadena de hierro, y descendió la colina con la cesta al brazo.
            —Buen día, pequeño Hans —dijo el Molinero.
            —Buen día —respondió Hans, apoyándose en la aza­da, y sonriendo de oreja a oreja.            -¿Y cómo has pasado el invierno? —dijo el Moli­nero.
            —En verdad eres muy amable en interesarte por mi —exclamó Hans—. Muy amable. Me temo que lo he pa­sado bastante mal, pero ahora que ha llegado la prima­vera, me siento casi feliz, y mi jardín marcha bien.
            —A menudo hablábamos de ti durante el invierno, Hans —dijo el Molinero—, Y nos preguntábamos qué tal te iría.
            —Mucha es tu bondad —dijo Hans—; tuve cierto temor de que te olvidaras de mí.
            —¡Hans! ¡Me sorprendes! —dijo el Molinero—. La amistad no olvida nunca. Eso es lo que tiene de mara­villoso, pero me temo que tú no comprendas la poesía de la vida. Entre paréntesis, ¡qué lindas están tus pri­maveras!
            —Están muy lindas, por cierto —dijo Hans—, y ha sido una gran suerte que tuviera tantas. Voy a llevarlas al mercado, y se las venderé a la hija del Burgomaestre, y. con ese dinero recuperaré mi carretilla.
            —¡Recuperar tu carretilla! ¡No querrás decir que la has vendido! ¡Eso sí que es hacer una tontería!
            —Sí —dijo Hans—, pero el hecho es que me vi obli­gado a hacerlo. El invierno me resultó muy duro, y no tenía un centavo para comprar pan. Primero vendí los botones de plata de mi saco dominguero, y luego vendo mi cadena de plata, y después vendí mi pipa grande, y por último vendí mi carretilla. Pero ahora recuperaré todo eso.
            —Hans —dijo el Molinero—, yo te daré mi carreti­lla. No está en muy buenas condiciones; la verdad es que le falta uno de los lados y los rayos de la rueda tienen algunos desperfectos; pero, sin embargo, te la daré. Yo sé que es mucha generosidad de mi parte y muchísima gente pensará que soy un tonto por despren­derme de ella; pero yo no soy como el resto del mundo. Creo que la generosidad es la esencia de la amistad, y además, ya tengo una carretilla nueva. Sí, puedes que­darte tranquilo. Te daré mi carretilla.
            —En verdad que es un gesto generoso de tu parte —dijo el pequeño Hans. Y su cómica cara redonda res­plandecía de alegría—. Fácilmente puedo repararla, ya que en casa tengo una tabla.
            —¿Una tabla? —dijo el Molinero—. ¡Pero sí eso es precisamente lo que necesito para el techo de mi gra­nero! Tiene un agujero muy grande, y los granos se hu­medecerán si no lo reparo. Me alegro de que la hayas mencionado. Es extraordinario cómo una buena acción da origen a otra. Yo te he dado mi carretilla, y ahora tú me darás la tabla. Naturalmente, la carretilla vale muchísimo más que la tabla. pero la verdadera amistad nunca presta atención a cosas como éstas. Tráela, por favor, en seguida, Y hoy mismo me pondré a reparar el granero.
            —¡Cómo no! —exclamó el pequeño Hans, y penetró corriendo en el cobertizo y salió arrastrando la tabla.
            —No, es una tabla muy grande —dijo el Molinero observándola—, y me temo que después que haya repa­rado el techo de mi granero no te quedará nada para arreglar la carretilla; pero, naturalmente. esto no e, culpa mía. Ahora, ya que te he dado mi carretilla, estoy seguro que te agradará darme en cambio algunas flores. Aquí tienes el cesto, y fíjate que esté bien lleno.
            —¿Bien lleno? —dijo el pequeño Hans bastante ape­sadumbrado, porque en realidad el cesto era muy gran­de, y sabía que si lo llenaba no le quedarían flores para el mercado, y estaba muy ansioso por recuperar sus botones de plata.
            —Caramba —respondió el Molinero—, ya que te he dado la carretilla, no creo que sea mucho pedir que irte des unas cuantas flores. Quizá esté equivocado, pe­ro yo pensé que la amistad, la verdadera amistad, esta­ría libre de toda clase de egoísmo.
            —Mi querido amigo, mi mejor amigo —exclamó el pequeño Hans—. Todas las flores de mi jardín están a tu disposición. Más prefiero la buena opinión que pue­das tener sobre mí que mis botones de plata—; y fue corriendo a arrancar todas sus lindas primaveras, y llenó el cesto del Molinero.
            —Adiós, pequeño Hans —dijo el Molinero, y se fue con la tabla al hombro y su gran cesto en el brazo.
            —Adiós —dijo el pequeño Hans, y se puso a cavar alegremente, tan satisfecho se sentía por el asunto de la carretilla.
            Al día siguiente estaba asegurando unas madresel­vas en la veranda, cuando oyó la voz del Molinero que lo llamaba desde el camino. Saltó entonces de la esca­lera, corrió hacia el jardín, y se asomó por encima de la pared.
            Allí estaba el Molinero con una gran bolsa de harina a su espalda.
            —Querido Hans —dijo el Molinero—, ¿podrías ha­cerme el favor de llevar esta bolsa de harina al mer­cado
            —Lo siento mucho —dijo Hans—, pero hoy estoy muy ocupado. Tengo que asegurar todas mis trepadoras, y regar todas mis plantas, y cortar todo el césped.
            —Caramba —dijo el Molinero—, creo que teniendo en cuenta que te daré mi carretilla, el rehusarte me pa­rece un gesto muy poco amistoso.
            —¡Oh, no digas eso! —-exclamó el pequeño Hans. Por nada del mundo dejaría yo de obrar como un amigo tratándose de ti—; y corrió en busca de su gorra, y allá fue caminando trabajosamente bajo el peso de la bolsa.
            Era un día terriblemente caluroso, .y el camino esta­ba cubierto de polvo, y antes de que Hans hubiera al­canzado la sexta milla, estaba tan cansado que tuvo que sentarse a descansar. Sin embargo, reanudó animo­samente su marcha, y por fin llegó al mercado. Luego de aguardar algún tiempo, vendió el saco de harina a muy buen precio, y volvió en seguida a su casa, porque temía que si se detenía hasta tarde podría encontrarse con salteadores en el camino.
            —En verdad que ha sido un día agobiador —se dijo el pequeño Hans al irse a dormir—, pero me alegro de no haberme rehusado a hacerle ese favor al Molinero, porque es mi mejor amigo y, además, va a darme su carretilla.
            A la mañana siguiente, bien temprano, el Molinero vino a buscar el dinero de su saco de harina, pero el pequeño Hans estaba tan cansado que aún permanecía en cama.
            —Palabra de honor que eres perezoso —dijo el Mo­linera—-. Considerando que voy a darte mi carretilla.
            A la mañana siguiente, bien temprano, el Molinero vino a buscar el dinero de su saco de harina, pero el pequeño Hans estaba tan cansado que aún permanecía en cama.
            — Palabra de honor que eres perezoso —dijo el Molinero—. Considerando que voy a darte mi carretilla, creo que podrías trabajar más. La pereza es un gran pecado, y en verdad que no me gusta que ningún amigo mío sea perezoso o haragán. No debes ofenderte porque te hable con tanta sinceridad. Naturalmente que ni so­ñaría en hablarte así si no fueras mi amigo. Pero, ¿para qué sirve la amistad si uno no puede decir exactamente lo que piensa? Cualquiera puede decir cosas encantado­ras y tratar de agradar y halagar, pero el verdadero amigo siempre dice cosas desagradables. y no le impor­ta causar dolor. Sin duda alguna, si es un amigo de verdad, prefiere obrar así porque sabe que está hacien­do un bien.
            —Lo siento mucho —dijo el pequeño Hans frotán­dose los ojos y sacándose su gorro de dormir—, pero estaba tan cansado que pensé quedarme un rato en ca­ma, y escuchar el canto de los pájaros. ¿Sabes que siempre trabajo mejor cuando oigo cantar a los pájaros?
            —Bien, me alegro de eso —dijo el Molinero palmean­do la espalda del pequeño Hans—, porque quiero que vengas al molino tan pronto como estés vestido, para que me arregles el techo de mi granero.
            El pobrecito Hans tenía mucha necesidad de ir a trabajar en su jardín, porque sus flores no habían sido regadas en dos días, pero no quería rehusarse al Moli­nero, puesto que era tan buen amigo.
            —¿Crees que sería poco amistoso de mí parte si y o te dijera que estaba ocupado? —preguntó tímidamente.
            —Caramba —contestó el Molinero—. No creo que sea mucho pedir, teniendo en cuenta que te voy a dar mi carretilla; pero, naturalmente, si te rehusaras, iré y lo haré yo.
            —¡Oh, no! ¡De ningún modo! —exclamó el pequeño Hans; y saltó de la cama, y se vistió, y se fue al granero.
            Trabajó allí durante todo el día, hasta el atardecer, y al atardecer vino el Molinero a ver qué tal andaba el trabajo.
            —¿Ya has arreglado el agujero del techo? —preguntó el Molinero en tono cordial.
            —Está casi arreglado —contestó el pequeño Hans bajando la escalera.
            —¡Ah! —dijo el Molinero—. No hay trabajo más delicioso que el que se hace para otros.
            —Es realmente un privilegio oírte hablar —respon­dió el pequeño Hans sentándose y secándose el sudor de la frente—, un gran privilegio. Pero me temo que yo nunca tendré ideas tan bellas como las tuyas.
            —¡Oh!, ya te vendrán a su debido tiempo —dijo el Molinero—. Por el momento sólo debes practicar la amistad: algún día tendrás también su teoría.
            —¿En verdad lo crees así? —preguntó el pequeño Hans.
            —No lo dudo —respondió el Molinero—, pero ahora que has arreglado el techo, es mejor que vayas a tu ca­sa y descanses, porque quiero que mañana lleves mis ovejas a la montaña.
            El pobrecito Hans no se atrevió a protestar y a la mañana siguiente bien temprano, el Molinero trajo sus ovejas, v Hans marchó tras ellas a la montaña. Entre ir y volver se le fue todo el día; y cuando volvió, estaba tan cansado que se quedó dormido en su silla y no se despertó hasta entrada la mañana.
            —¡Qué placer volver a mi jardín! —dijo, y en segui­da se puso a trabajar.
            Pero de un modo u otro nunca podía cuidar sus flo­res porque siempre aparecía su amigo el Molinero y lo enviaba a efectuar largas diligencias; o hacía que le ayudara en el molino. A veces, el pequeño Hans se sentía muy afligido temiendo que sus flores pensasen que él las había olvidado, pero se consolaba reflexionando ­que el Molinero era su mejor amigo. —Además —solía decir—, me va a dar su carretilla, y éste es un acto de pura generosidad.
            Y así, el pequeño Hans trabajaba continuamente para el Molinero, y el Molinero le decía bellísimas frases sobre la amistad, las que Hans anotaba en un cua­derno para estudiarlas a la noche, porque era muy buen alumno.
            'Pero sucedió que una noche, cuando el pequeño Hans estaba en su casita sentado junto al fuego, oyó que golpeaban fuertemente a la puerta. Era una noche espantosa, y el viento bramaba y rugía de tal modo por toda la casa, que al principio creyó que se trataba de la tormenta. Pero se produjo un segundo llamado, y luego un tercero, más fuerte que los anteriores.
            —Será algún pobre viajero —se dijo el pequeño Hans, y corrió a la puerta.
            Allí estaba el Molinero con una linterna en una ma­no y un gran bastón en la otra.
            —Mi querido Hans —dijo el Molinero—, estoy en serias dificultades. Mi hijo menor se ha caído de la es­calera v se ha lastimado, y voy en busca del médico. Pero vive muy lejos, y es una noche tan fea, que se me acaba de ocurrir que sería mucho mejor que tú fueras en mí lugar. Sabes que voy a darte mi carretilla, de modo que me parece justo que hagas algo por mí.
            —¡Pero cómo no! —exclamó el pequeño Hans—. Considero un honor que hayas recurrido a mí, e iré en seguida. Pero debes prestarme tu linterna, pues la no­che es muy oscura y temo caerme en algún charco.
            —Lo siento mucho —respondió el Molinero—, pero es mi linterna nueva, y me resultaría un gran perjuicio si se llegara a estropear.
            —Bueno, no importa; iré sin ella —dijo el pequeño Hans, y se puso su gran saco de pieles. su abrigada gorra escarlata, y. se envolvió el cuello con una bufanda, y partió.
            ¡Qué terrible tormenta se desencadenaba! La noche era tan oscura que el pequeño Hans apenas podía ver donde marchaba, y el viento era tan fuerte que casi no lograba tenerse en pie. Sin embargos se portó valerosa­mente, y después de tres horas de marcha, llegó a la casa del Doctor, y golpeó a la puerta.
            —¿Quién llama? —preguntó el Doctor asomando la cabeza por la ventana de su dormitorio.
            —El pequeño Hans, Doctor.
            —¿Qué deseas, pequeño Hans?
            —El hijo del Molinero se ha caído de la escalera y se ha lastimado, y el Molinero quiere que vaya en se­guida.
            —¡Muy bien! —dijo el Doctor; y pidió su caballo y sus botas grandes, y su linterna, y bajó las escaleras, y montando su caballo salió en dirección a la casa del Molinero con el pequeño Hans marchando trabajosa­mente tras suyo.
            Pero la tormenta empeoraba más y más, .y la lluvia caía en torrentes, y el pequeño Hans no podía ver adon­de marchaba, ni seguir al caballo. Finalmente se perdió, y anduvo de un lado para otro en el páramo, que era un lugar muy peligroso, lleno de hoyos profundos, y ahí se ahogó el pobrecito Hans. Al día siguiente su cuerpo fue encontrado por unos cabreros, flotando en una gran charca, .y ellos lo llevaron a su casita.
            Todo el mundo asistió al entierro del pequeño Hans, pues era muy popular. y el Molinero encabezaba el cortejo.
            — Como yo era su mejor amigo —dijo el Molinero— es justo que ocupe el mejor lugar —de modo que mar­chó a la cabeza del cortejo, vestido con una larga capa negra, y de vez en cuando se pasaba un gran pañuelo por los ojos.
            —En verdad que la muerte del pequeño Hans repre­senta una gran perdida para todos —dijo el Herrero, luego de finalizado el entierro, mientras todos estaban sentados cómodamente en la taberna, bebiendo vino con especias y comiendo pasteles.
            —Sobre todo para mí es una gran pérdida —respon­dió el Molinero—, pues fui lo suficientemente bonda­doso como para haberle dado mi carretilla, y en ver­dad, ahora no se qué hacer con ella en casa. Me estorba mucho, y está en tan malas condiciones que si la qui­siera vender no obtendría un centavo. Les aseguro que no volveré a regalar nada. Siempre se pagan las conse­cuencias de haber sido generoso.
            —¿Y después? —preguntó Rata de Agua, luego de una larga pausa.
            —Bueno, así termina —dijo el Jilguero.
            —Pero, ¿qué pasó con el Molinero? —volvió a pre­guntar Rata de Agua.
            —No sé —replicó el Jilguero—, y tampoco me inte­resa.
            —Es evidente que la compasión no forma parte de tu carácter —dijo Rata de Agua.
            —Temo que no hayas entendido la moraleja del cuento —observó el Jilguero.
            —¿La qué? —exclamó Rata de Agua.
            —La moraleja.
            —¿Quieres decir que este cuento tiene una moraleja?
            —Ciertamente —dijo el Jilguero.
            —¡Caramba! —dijo Rata de Agua de muy malos mo­dos —. Me lo hubieses dicho antes de empezar. De haber sido así, puedes tener la seguridad que no te habría es­cuchado; de seguro te habría dicho: "¡Bah!", como el crí­tico. Sin embargo, lo puedo decir ahora —y gritando "¡Bah!", dio un coletazo y se metió en su cueva.
            —¿Y que tal te pareció Rata de Agua? —preguntó la Pata, que llegó nadando minutos después—. Posee mu­chas buenas cualidades, pero, por mi parte, tengo sen­timientos maternales, y nunca puedo ver a un solterón sin derramar lágrimas.
            —Mucho me temo que lo haya hecho enojar —res­pondió el Jilguero—. La verdad es que le conté un cuento con moraleja.
            —¡Ah! Eso es siempre peligroso —dijo la Pata.
Y yo comparto su opinión.
 
 
Oscar Wilde


Jorge Palom
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