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El Príncipe Feliz

Oscar Wilde, Irlanda 1854-1900

Traducción: el Pobre Tom.

Atalayando la ciudad, en lo alto de una columna, se encontraba la estatua del Príncipe Feliz. Estaba totalmente cubierta de finas capas de oro, sus ojos eran dos zafiros, y un gran rubí coronaba su espada.
Y era admirado por todos. -Es tan hermoso como una veleta -observó uno de los consejeros del Pueblo, que quería distinguirse por tener refinados gustos artísticos; -pero no es tan útil -añadió, temiendo que la gente creyera que no era persona práctica, porque sí que era una persona práctica.
-¿Por qué no podés ser como el Príncipe Feliz? -le pedía una madre sensata a su hijito, que lloraba porque quería la luna para él. -El Príncipe Feliz nunca lloraría por nada en el mundo.
-Me alegra que haya alguien en todo el mundo que sea de veras feliz -murmuró un hombre decepcionado, mientras contemplaba la imponente estatua.
-Es como un ángel -dijeron los niños del hospicio, al salir de la catedral, con sus mantos escarlata y sus delantalitos blancos.
-¿Cómo saben, si nunca han visto uno? -les preguntó el profesor de matemáticas.
-¡Ah, sí, porque los hemos visto en sueños! -le contestaron los niños; con lo que el profesor puso mala cara, porque le molestaba que los niños soñaran.
Una noche, llegó una golondrina. Debía de estar en Egipto con sus amigas desde hacía seis semanas, pero se entretuvo con un hermoso lirio, que le había robado el corazón. Se conocieron en primavera, un día que la golondrina perseguía a una mariposilla amarilla, pero tuvo que dejarla, porque prefería hablar con ese lirio de cintura esbelta.
-¿Puedo amarte? -le preguntó la golondrina, que detestaba los rodeos; y el lirio le respondió con una reverencia. Entonces voló a su alrededor, y con sus alas dibujaba rizos de plata en el agua. Así estuvo cortejándole todo el verano.
-¡Está loca! -musitaban las otras golondrinas. -Ese lirio tiene una familia inmensa, y no tiene dinero. Y, a decir verdad, había muchos lirios en el río. Y al llegar el otoño, las golondrinas se marcharon.
Pero nuestra golondrina se quedó, se quedó muy sola. Y se empezó a aburrir de su amor. -Casi no habla, y no parece muy fiel, porque siempre está coqueteando con el viento. Esto lo decía porque el lirio siempre hacía gráciles reverencias ante la brisa. -Y le gusta el sedentarismo, pero a mí me gusta viajar, por lo que a mi pareja debería gustarle también -pensaba la golondrina.
-¿Me acompañarás en mi viaje? -le preguntó al lirio, pero este se negó, agitándose de un lado al otro. Le gustaba mucho su hogar.
-Me hiciste perder mi tiempo, pero ahora me iré a las Pirámides de Egipto. ¡Adiós!
Voló todo el día, y al llegar la noche aterrizó en la ciudad. -¿Dónde me alojaré? -se dijo, y esperaba que la ciudad le hubiera preparado una habitación en algún hotel. Entonces vio la estatua del Príncipe Feliz. -¡Es perfecta! La vista es hermosa, y el aire es muy fresco. Y anidó entre los dos pies de la estatua.
-Mi cama está hecha de oro -se dijo, y se durmió. Pero no había posado la cabeza sobre las alas, cuando sintió una gota que le caía encima. -¡Qué raro! El cielo está tan despejado que puedo ver todas las estrellas brillando, pero resulta que está lloviendo. El tiempo en el Norte es terrible. Al lirio le gustaba la lluvia, pero era porque le convenía.
Y sintió otra gota.
-¿De qué sirve una estatua que no te puede guarecer cuando llueve? Mejor será que busque una chimenea.
Y al marcharse abrió las alas, y sintió una tercera gota. Entonces alzó la cabeza y vio, y vio.....
que las gotas eran lágrimas que inundaban los ojos del Príncipe Feliz, que se resbalaban por sus mejillas, y que la luna mostraba la gran belleza del Príncipe, cuyo rostro lloroso conmovió a la golondrina.
-¿Quién sos?
-El Príncipe Feliz.
-Entonces, ¿por qué llorás? ¡Me empapaste!
-Cuando vivía, y tenía un corazón humano, no sabía lo que era el llanto, porque vivía en el palacio de Sin Congoja, donde estaba vedado el dolor. Durante el día, retozaba con mis compañeros en el jardín, y por las tardes conducía los bailes, en el gran salón. Alrededor del jardín había un muro muy alto, pero como todo a mi alcance era hermoso, no me importó lo que había del otro lado. Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz, y lo era, si es que el placer es la felicidad. Así viví y así morí. Y ahora que estoy muerto, puedo ver, desde esta estatua, toda la fealdad y la miseria de mi ciudad, y por eso lloro, aunque mi corazón es ahora de plomo.
-Yo creí que era de oro -se dijo la golondrina, que no decía las cosas en la cara, por cortesía.

-Allá lejos -prosiguió la estatua con una voz baja, que parecía música -lejos, en una callecita hay una casa miserable. Puedo ver por la ventana abierta a una mujer sentada, con la cara demacrada y cansada, las manos enrojecidas y llenas de callos, porque es costurera. Está cosiéndole pasionarias a un vestido de raso, para la más hermosa de las damas de honor de la Reina. Es un vestido para un baile. En un rincón, veo a un niño enfermo, acostado en una cama, y ardiendo de fiebre. Llora porque quiere naranjas, pero su madre sólo puede darle agua del arroyo. Golondrina, golondrinita linda, ¿no le llevarías el rubí que corona la empuñadura de mi espada? Yo no puedo hacerlo, porque estoy pegado al pedestal.
-Pero me esperan en Egipto, donde mis amigas recorren el Nilo, y conversan con las flores de loto. Y duermen en la tumba del gran rey, que duerme en su sarcófago pintado. Su sábana es de holanda, y las especias perfuman su lecho. En el cuello lleva un medallón de jade pálido y sus manos parecen hojas marchitas.
-Golondrina, golondrinita linda. ¿No te gustaría pasar la noche conmigo y ser mi emisario? El niñito tiene mucha sed, y su madre está muy triste.
-No me gustan los niños. El verano pasado, cerca del río, había dos niños malos, hijos del molinero, que siempre que me veían, me tiraban piedras. Claro está que nunca me dieron, porque las golondrinas volamos muy bien, en especial yo, que vengo de una familia de golondrinas ágiles como el viento, pero de todas formas, fueron muy groseros.
El Príncipe estaba tan triste que la golondrina se ablandó. -Hace mucho frío, pero pasaré la noche con vos, y seré tu emisario.
-Gracias, golondrinita.
Y la golondrina arrancó el rubí, y voló sobre las casas, con su encargo sujeto en el pico.
Pasó por la torre de la catedral, y vio las esculturas marmóreas de los ángeles. Y pasó por el palacio, donde sonaba una música, como si bailaran. Una muchacha bonita salió al balcón con su novio, que le dijo: -¡Qué hermosas son las estrellas, y qué hermoso es el amor!
-Espero que mi vestido esté a tiempo para el gran Baile. Hice que le cosieran pasionarias, pero las costureras son muy perezosas.
Y la golondrina pasó por el río, donde los mástiles de los barcos brillan con la luz de las linternas. Y pasó por la judería, donde los judíos se regatean y pesan las monedas en balanzas de cobre.
Al fin llegó a la casa miserable y entró. El niño se agitaba acongojado en el lecho, pero su madre estaba durmiendo, de lo cansada que estaba. Dejó el gran rubí sobre la mesa, junto al dedal. Luego voló cerca de la cama, abanicando al niño en la cara con sus alas. -¡Me siento más fresco! -se dijo. -Seguro me estoy poniendo mejor. Y se durmió plácidamente.
La golondrina volvió junto al Príncipe Feliz, y le contó todo.
-¡Qué raro! Siento calor, aunque sigue haciendo frío.
-Es que hiciste una buena obra -le dijo el Príncipe. Y la golondrina se durmió pensando en ello. Es que siempre que pensaba se dormía.
Al otro día, fue al río y se bañó. -¡Qué fenómeno tan peculiar! -dijo el profesor de ornitología desde el puente. -¡Una golondrina en invierno! Y publicó un artículo muy largo en el periódico. Todos lo citaron, aunque no entendían un artículo con tantas palabras.
-Hoy me voy a Egipto -se dijo la golondrina, y se regocijó en su corazón. Visitó todos los monumentos y se estuvo un gran rato en el campanario de la iglesia. En todos lados los gorriones piaban, y se decían: -¡Qué forastera tan distinguida!
Y la golondrina lo disfrutaba mucho.
Cuando salió la luna visitó al Príncipe Feliz. Y le preguntó: -¿Tenés algún encargo que enviar a Egipto? Porque ya me voy.
-Golondrina, golondrinita linda, ¿no te gustaría pasar otra noche conmigo?
-Pero me esperan en Egipto, donde mis amigas volarán a la segunda catarata, donde mora el hipopótamo entre los juncos, frente al trono de granito del dios Memnón. Memnón observa las estrellas, y al brillar el lucero del alba, grita de alegría, y luego guarda silencio. Al mediodía los regios leones beben en el arroyo, con sus ojos como joyas y su rugido, más fuerte que el de la cascada.
-Golondrina, golondrinita linda, al otro lado de la ciudad, veo a un joven en un ático, sentado en un escritorio lleno de papeles. En un vaso hay un puñado de violetas marchitas. Su cabello es café y rizado, sus labios rojos como tomates, y sus ojos de soñador son grandes. Termina una obra para el director del teatro, pero hace tanto frío que ya no puede escribir. Su chimenea está tan vacía como su estómago.
-Me quedaré hoy también -dijo la golondrina, que en el fondo era bondadosa. -¿Le llevo otro rubí?
-No, no tengo más rubíes, sólo me quedan mis ojos, hechos de ricos zafiros, traídos de la India hace mil años. Sacá uno, y lleváselo. Se lo venderá a un joyero, con eso comprará comida y leña y terminará su obra.
-Querido Príncipe, no puedo hacer eso -le contestó llorosa la golondrina.
-Golondrina, golondrinita linda, haceme caso.
Y la golondrina le hizo caso, y atravesó la ciudad. Entró, sin dificultad, por un agujero en el techo. El joven tenía la cabeza apoyada en el escritorio, y no oyó el aleteo del ave. Cuando la levantó, vio el zafiro descansando junto a las violetas marchitas.
-¡Al fin me aprecian! -se dijo. -Esto me lo envía alguna admiradora abnegada. Ahora puedo acabar mi drama.
Se veía muy contento.
Al día siguiente, la golondrina visitó el puerto. Aterrizó en el mástil de una gran embarcación, para ver a los marineros que sacaban las cajas de la bodega, tirándolas con cuerdas.
-¡Con fuerza! -se gritaban, mientras izaban las cajas.
-Me voy a Egipto -chilló el pájaro, pero nadie le hizo caso, y al salir la luna visitó al Príncipe Feliz.
-Vine a despedirme.
-Golondrina, golondrinita linda, ¿no te gustaría pasar otra noche conmigo?
-Pero es invierno, y la nieve fría pronto caerá. En Egipto el sol calienta las palmeras, y los cocodrilos vegetan en el cieno, despreocupados. Mis compañeras anidan en el templo de Baalbec, junto a las palomas blancas y rosas, que se arrullan. Querido Príncipe, debo irme, pero no te olvidaré, y el año que viene te traeré dos hermosas joyas, que repongan las que regalaste. Mi rubí será más rojo que las rosas rojas, y mi zafiro será más azul que el ancho mar.
-Allá en la plaza, veo a una fosforerita. Se le cayeron los fósforos en una alcantarilla, y se echaron a perder. Su papá le pegará si no consigue dinero, y por eso está llorando. No tiene medias, ni zapatos ni gorro. Si le llevás mi ojo y se lo das, su papá la perdonará.
-Me quedaré aquí otra noche, pero no voy a sacarte el ojo que te queda, porque te quedarías ciego.
-Golondrina, golondrinita linda, haceme caso.
-Y le hizo caso, y voló con prisa. Bajó junto a la niña con presteza, y le soltó la joya en la mano.
-¡Qué lindo trocito de vidrio! -dijo la niña, y corrió, risueña, hacia su casa.
La golondrina regresó con el Príncipe. -Ahora que estás ciego, me quedaré con vos para siempre.
-No, golondrinita, tenés que ir a Egipto.
-Me quedaré con vos para siempre -dijo la golondrina, y se durmió a sus pies.
El día siguiente lo pasó en el hombro del Príncipe, contándole lo que había visto en lugares extraños. Le habló de los ibises rojos, que permanecen de pie en hileras largas en el Nilo, y que pescan peces dorados con sus picos; de la esfinge, vieja como el mundo, que vive en el desierto y lo sabe todo; de los mercaderes, que caminan lentamente junto a sus camellos, con rosarios de ámbar en las manos; del Rey de las Montañas de la Luna, negro como el ébano, y que venera un gran cristal; de la serpiente verde que duerme en la palmera, y que recibe su comida de la mano de veinte sacerdotes, que le dan tortas de miel; y de los pigmeos que navegan por el lago en grandes hojas, y que siempre pelean con las mariposas.
-Golondrinita linda, me contás cosas asombrosas, pero no hay cosa más asombrosa que el sufrimiento de los seres humanos. No hay mayor misterio que la miseria. Recorré la ciudad, y contame lo que veas.
Y voló sobre la gran ciudad, y vio a los ricos gozando en sus hermosas mansiones, y a los mendigos sentados en las puertas. Voló por los callejones oscuros, y vio las blancas caras de los niños hambrientos, que veían con apatía las negras calles. Debajo de un puente había dos niños que se abrazaban para calentarse. -¡Qué hambre tenemos! -decían.
-¡Está prohibido sentarse aquí! -les gritó un policía, por lo que tuvieron que caminar bajo la lluvia.
Y la golondrina le contó al Príncipe lo que había visto.
-Mi traje es de oro fino. Lo arrancarás hoja por hoja, y se lo darás a mis pobres; la gente siempre cree que el oro puede hacerlos felices.
Y hoja por hoja lo arrancó la golondrina, hasta que el Príncipe quedó gris y opaco. Y hoja por hoja le dio el oro a los pobres, y los niños se alegraban, y jugaban en la calle, con sus caritas sonrosadas. -¡Al fin tenemos pan! -gritaban alborozados.
Pero cayó la nieve, y con ella vino la ventisca. Las calles parecían de plata, por lo brillantes, y las estalactitas simulaban dagas de cristal, que herían las marquesinas de las casas. La gente estaba bien abrigada, y los niños patinaban en el hielo, luciendo sus gorros carmesí.
La pobre golondrinita tenía mucho frío, pero no quería dejar al Príncipe, porque lo amaba mucho. Recogía las miguitas que no veía el panadero, y procuraba entrar en calor agitando las alas.
Pero al fin supo que tenía que morir. Y con su postrer esfuerzo voló al hombro del Príncipe por última vez.
-Adiós, querido Príncipe -murmuró apenas. ¿Puedo besarte la mano?
El le respondió:
-Me alegra ver que al fin te vas a Egipto, golondrinita. Pasaste aquí mucho tiempo pero podés besarme en los labios, porque te amo.
-No iré a Egipto, sino a la Mansión de la Muerte. La Muerte es la hermana del Sueño, ¿verdad?
Entonces besó la boca del Príncipe Feliz, y murió ante él.
Acto seguido se oyó un crujido como si algo dentro de la estatua se hubiese roto. Fue el corazón de plomo, que se partió en dos. Es que esa noche nevó más que nunca.
A primera hora el Alcalde caminaba por la plaza acompañado por los consejeros del Pueblo. Al ver la columna se fijaron en la estatua.
-¡Por Dios, que deteriorada está la estatua del Príncipe Feliz!
-¡Muy deteriorada! -corearon los consejeros, que repetían lo que decía el Alcalde, y la examinaron con más cuidado.
-La espada no tiene rubí, le faltan los ojos, además de que dejó de ser dorado ¡Vale poco más que un mendigo!
-Poco más que un mendigo -repitieron los consejeros.
-Y vean esta ave muerta en los pies. Es necesario decretar que las aves no pueden morirse en los monumentos.
El secretario anotó la sugerencia.
Y derribaron la estatua del Príncipe Feliz.
-Puesto que ya no es hermoso, ya no sirve para nada -determinó el profesor de Bellas Artes de la Universidad.
Luego la derritieron en un horno, y el Alcalde organizó una junta Corporativa con el propósito de decidir qué harían con el metal.
-Debemos hacer otra estatua, por supuesto -dijo el Alcalde. Y será mía.
-Mía -decían los consejeros, y se pelearon. Y me contaron que no han parado.
-¡Qué extraño! -decía el jefe de la fundidora. -Este corazón de plomo no se derrite en la fragua. Habrá que botarlo. Y lo botaron en un basurero donde tiraron a la golondrina muerta.
-Traeme las dos cosas más preciosas de la ciudad -fue la orden que Dios le dio a uno de sus Ángeles, y él le llevó el corazón partido y la golondrina fallecida.
-Rectamente has escogido -le dijo Dios. -Porque en el jardín del Edén esté pajarito cantará por toda la eternidad, y en mi ciudad de oro el Príncipe Feliz me alabará.

Jorge Palom
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